Ayer me levanté con un desasosiego inhabitual. Con la misma sensación de quien sabe que ha olvidado algo importante pero no logra recordarlo. Con la impresión de algún cumpleaños o aniversario olvidado.
Después de pasar el día mohína, estorbada con todo lo que me rodeaba decidí salir a pasear después de la cena por esta ciudad recién descubierta, que sabe más de mi vida que yo.
Eché a andar sin rumbo fijo. Había sido un día muy caluroso, pero ahora en las primeras horas de la noche empezaba a refrescar.
Al cruzar el umbral de la última calle que me llevaba a aquella plaza salió de mí una yo misma formada como de niebla y humo, gris mate, etérea como un sueño. Me quedé mirándome pero ella, es decir yo, ya había ido como flotando a reunirse con otra figura incorpórea.
Mi otra yo mantenía una animada conversación con el hombre etéreo, a la que pronto se sumó el roce de las manos, el toque de un brazo y todas aquellas risas que sonaban huecas con la distancia del tiempo. Les seguí hasta que llegaron a un banco donde se sentaron. La mayoría de las barreras de espacio habían desaparecido.
Mi yo brumosa apoyaba la cabeza en su hombro y se fingía distraía cuando le besaban en la cara. Hasta que ya no supo donde mirar y optó u opté por encarar un leve beso.
Empezó a llover en el pasado y sus figuras se difuminaron. Pero juraría que un segundo antes de disolverse definitivamente, él me miró.
Y me volví sin la certeza de si era real o lo sólo lo había recordado.